martes 7 de septiembre de 2010

William & Jane

El día siguiente a su encuentro con la joven Jane, William volvió al prado. Caminaba lentamente, renqueante de su enfermedad y de las heridas del alma. Se negaba a aceptar que pudiera volver a enamorarse. Se negaba a aceptar que aquella chica alegre del prado pudiera reemplazar a la única mujer de su vida. La única a la que había amado y con la que estaba dispuesto a envejecer. Se sentó al borde del acantilado y una sonrisa dibujó sus labios cuando Amunake dejó escapar un grito de preocupación. Sabía desde el principio que el viejo esclavo negro le seguía, pero había disimulado para evitar la ira de su padre. Ni quería enfrentarse a sir Walter ni tenía fuerzas para ello. Había descubierto que prefería pasar cada día igual que el anterior. Buscaba la rutina, una rutina que cada día le llevaba a los mismos lugares, aquellos que recorría de la mano de Amelia. Aquellos días, antes de partir a África, había sido feliz. Su corazón olvidaba los males y aspiraba a sueños inalcanzables. Soñaba con huir de Inglaterra, con viajar lejos, a América quizá. Lejos de su padre, del título de lord y de todo lo que conllevaba la nobleza.

Pero durante la guerra Amelia enfermó y su corazón se resquebrajó con ella. En las noches leía una y otra vez las cartas de la joven, y cuando estas comenzaron a mostrar la pesadumbre de las fiebres, el carácter de William se transformó. Se agrió. Deseaba volver a casa, junto a Amelia, pero no encontraba la forma. Buscó en cada batalla, en cada refriega, la forma de conseguir un permiso. Se mostró violento y piadoso por igual. Pero no encontraba sosiego a su mal. Y la añoranza minó su salud hasta que las fiebres se apoderaron de él. Y cada noche, tumbado en una pequeña camilla de un dispensario de madera, preguntaba por las cartas de Amelia. Y cada noche recibía la misma negativa. Un día dejó de preguntar. Supo que ella no volvería a escribir, y lloró hasta que el amanecer entró por la ventana. Y cada noche, hasta que regresó a Inglaterra, lloraba por Amelia, esperando sin esperanza una carta que sabía no llegaría. Y cuando llegó el día, cuando el puerto se abrió a sus ojos y lord Walter abrió sus brazos para recibir a su hijo, confirmó la peor de las noticas. Amelia había muerto dos meses atrás, mientras él combatía en una guerra que le había matado para siempre. Y ahora, tanto tiempo después, recorría los rincones conocidos buscando en el roce de las hierbas el sonido de su voz, buscando en la lejanía del horizonte, el claro azul de sus ojos. Dando cada paso, sabiendo que andaba hacía la muerte y, de pronto, la había visto. Y sintió como su corazón latió con ansias al ritmo de su baile.

Hoy volvía a recorrer el mismo camino de cada día, pero sus deseos habían cambiado. No buscaba caminar lentamente hasta la muerte. Deseaba verla, deseaba encontrar la manera de acercarse a ella, de escuchar su voz, de ver el color de sus ojos, de sentir su olor. Pero ella no llegó.

lunes 6 de septiembre de 2010

Masajeador de cerebro

Últimamente ando con los nervios a flor de piel. Nerviosito perdido, vamos. Se acercan fechas claves: la presentación del libro, el reinicio de las actividades, los viajes a Madrid, el trabajo y los partidos del Cádiz. Y estoy atacado, en estos días que podría saltar a la mínima, sino fuera porque eso de saltar requiere ejercicio físico y como que no. Pero, muy preocupados por mi estado mental, mis hermanos me han ofrecido una solución: un masajeador de cerebros que, dicen, provoca un orgasmo intelectual. Lo he probado y, que quieren que les diga, el orgasmo intelectual me lo provoca Allan Poe, y el no intelectual Elsa Pataky. Esto solo me produce cosquillas. ¡Pero que cosquillas! Es colocármelo en la cabeza y se me erizan los pelillos del dedo gordo del pie. Termino el día con agujetas, hasta diría que estoy perdiendo peso. Es un todo en uno. Además barato y de fabricación casera: made in China. ¡que gran invento!, se lo recomiendo, aunque solo sea para reírse cuando un amigo venga a casa y lo pruebe.

Problemas de seguridad

No sé qué ocurre, pero google ha decidido que este sitio es malicioso. No lo es, no hay nada que dañe a ordenadores, no vendo pulseras mágicas ni nada por el estilo. Estoy intentando solucionar el problema, mientras, tened paciencia.

sábado 4 de septiembre de 2010

Lope

Hace no muchos días les hablaba en este mismo blog de una película española en la que tenía puestas grandes esperanzas: Lope. Una película con un gran presupuesto; un director de reconocida trayectoria internacional aunque totalmente desconocido en España; un elenco de actores de primer nivel y una historia digna de ser contada y que debía contar muchas cosas. Y, después de verla, la misma pregunta viene a mi mente una y otra vez ¿porqué no somos capaces de hacer buen cine histórico? Es cierto que la recreación es absolutamente magnifica y casi puedes sentir el Madrid de fines del XVI: el olor, la suciedad, el agua corriendo por las calles, el sudor y el polvo. Aunque curiosamente no la oyes, no escuchas el ruido, el bullicio, los animales, los niños, los vendedores. No escuchas a los comediantes en una historia de comedias.

Una historia que podría haber dado mucho juego, pues Lope fue soldado, mujeriego, poeta, comediante y sacerdote, burlón, descarado y retador. Amante fiel, e infiel, el romanticismo debió correr por sus venas, y Ammann solo nos deja un pobre tuno de escasa dicción y sin capacidad de recitar. Y junto a él todos los actores -con la salvedad del siempre genial Antonio Dechent- sobreactúan. Lo que nos hace pensar que Andrucha Waddington no está a la altura. De hecho, no lo está. Planos que cortan a los actores; actores que no aparecen en imagen, imposibilitando seguir la trama con normalidad; miradas ausentes por hallarse fuera de cámara. En más de una ocasión te sonroja los cambios dados en el desarrollo del metraje, con saltos en la imagen que parecen anunciar una futura versión extendida.

Sin duda, otro fracaso del cine español, que parece empeñado en dejar de lado el genero histórico. O, quizá, lo que ocurra es que nuestro cine vive por las subvenciones y para recaudar más de ellas. Tan sólo hay echar un ojo a los créditos iniciales: varias televisiones públicas (las privadas están en su derecho de invertir) y colaboraciones de varias administraciones gubernamentales. Algún día la industria española tendrá que ver que este no es el camino, que así nos alejan de las salas. Que el espectador que acude a ver una película busca historias bien narradas, o entretenerse o evadirse, pero no que le engañen. Y Lope engaña al espectador, dice ofrecer una historia rápida, ágil, con aventura y romance, pero no lo da. Da una historia que tarda en arrancar y que, cuando lo hace, termina. Sin más, con un simple cartel “Escribió 4000 poemas y 900 obras de teatro, vivió hasta los 73 años y tuvo 14 hijos” Sin duda, una mala elección para ver en el cine. Vayan a ver Predator, al menos saben lo que les espera.

viernes 3 de septiembre de 2010

El chollo

No me lo puedo creer ¡pero qué fácil!, siempre pensé que esto era más complicado y, sobre todo, que hacía falta la intervención de, al menos, dos personas. Pero ¡que va! con un solo click puedes hacerlo.  Así, a pelo. Lo raro es que, pese al virtualismo de la acción, no podrás elegir el sexo, eso, como en la vida, viene dado por la suerte. Aunque algo se puede sacar en claro: será niño o niña, nada de cosas intermedias. Seguridad 100% de que nada saldrá del armario dentro de unos años.

Por otro lado, me parece un poco extraño el tema del precio. Por un lado te dice que el mantenimiento es de 1.5€/día. Al final de mes es un dinero, claro que Zapatero dijo que daba 2500€ por nacido. Pero tenemos suete ¡que chollo!, ahora el no hay que pagar nada al día, es gratis, siempre según el anuncio. Así que además de tener un hijo (que será niño o niña) gratis, te sacas un dinerito para tapar deudas… Y es que la publicidad tiene estas cosas, que puedes encontrar un chollo en cualquier página web.

jueves 2 de septiembre de 2010

Ramiro III y Bermudo II

Después del asesinato de su padre, Sancho I el Craso, y la minoría de edad de Ramiro, el reino quedó sometido a la infanta Elvira Ramírez –su tía- y su madre la reina Teresa Ansúrez, que después de enviudar, profesó en el Monasterio de San Pelayo de Oviedo donde llegó a ser abadesa dejando el gobierno efectivo en Elvira. El reinado de Ramiro III (966-984) no tiene grandes hazañas para reseñar. Ratificó la paz con Al-Hakam II y derrotó a los piratas vikingos. Poco más. Menos aún con la llegada al trono califal de Hisham II y el fin de la paz, con las tropas musulmanas comandadas por Almanzor campando a sus anchas por el reino.

Quizá, el hecho más importante de su reinado llegó con la mayoría de edad. Ramiro III trató de instaurar una monarquía absolutista –los monarcas peninsulares siempre estuvieron controlados por las cortes- que favoreció el creciente sentimiento separatista del Condado de Castilla y de Galicia del Reino de León. En el 982, y tras el aumento del descontento aristocrático nacido de la derrota leonesa en San Esteban de Gormaz (976), los nobles se sublevaran contra el rey, proclamando nuevo monarca a Bermudo II, hijo de Ordoño III de León, que asumió el poder de los reinos de Galicia y Portugal hasta la muerte de Ramiro en el 984.

Bermudo II, el Gotoso, fue coronado en Santiago de Compostela, iniciándose una guerra civil que no terminó de decantarse hasta dos años después. En el 985 Ramiro III era expulsado de León y poco después fallecía, dejando un reino muy dañado a su sucesor. Bermudo II solicitó el protectorado de Córdoba, reconociendo la supremacía musulmana. Pero en el 986 decide atacar y recuperar Zamora. Almanzor tomó entonces la iniciativa, derrotando una y otra vez al leones, que también debía enfrentarse a graves problemas internos, hasta que en el 997 toma Santiago de Compostela. Dos años después, ya sin posibilidad de cabalgar y con su enfermedad en el estadio más alto, falleció, dejando el reino en manos de su hijo Alfonso.

miércoles 1 de septiembre de 2010

De cañones, cigarros y Juana la loca

-¿Esto funciona?
-¿Cómo?
-¿Qué si hace pim pam pum y boom?
-Obviamente, no.
-¡Lástima! ¿Por qué no?
-Están de adorno
-Pues esto es msjfasadgffjadmasdasdig`ge
-No le entiendo- me dijo mi compañero en la puerta del trabajo mientras el hombre seguía debatiendo sobre el uso de los cañones que adornan el edificio.
-Yo a veces tampoco me entiendo- dijo sinceramente el borracho con acento extranjero.
-Tú ¿no eres de aquí?
-Soy rumano- sorbió el tetrabrik de vino peleón del Día- pero no me hablo con rumanos porque son todos unos… Mi hermana es casi ministra de sanidad, es médico ats enfermera en un hospital de allí.

Como comprenderán, a estas alturas, ni mi compañero ni yo éramos capaces de aguantar la risa, ni de mantener la compostura. Y él pareció darse cuenta porque, con toda la sobriedad que la embriaguez le permitía, nos miró muy serio y explotó:

-No bebo, bueno, bebo pero por creatividad. Soy creativo. Canto. Juana la loca, Juana la loca, Juana la loca, tu cuerpo me vuelve loca la…. Y se puede cambiar la letra: Amelia, Amelia, Amelia no me acuerdo de que maaaa

Y en ese momento, escuchando las letras cantadas –berreadas- con unas ganas inusitadas, no pude reprimirme y me lancé a reír, despidiéndome camino de casa antes de escuchar la pregunta que llevaba mucho esperando:

-¿Tiene un cigarrito? ¿no? Joe… si de algo hay que morirse de todos modos.

martes 31 de agosto de 2010

Un año antes

-Os veo cambiado, Williams- dijo lord Walter cuando su hijo entró en la casa-. ¿Qué os ocurre?
-Nada, padre, el cansancio del paseo diario.

Lord Walter negó con la cabeza. Era un hombre corpulento, te tez clara y pelo canoso. Su rostro siempre había mostrado jovialidad pero desde el regreso de su hijo de la guerra contra los boers su carácter había cambiado y, en los pocos meses que habían transcurrido desde la llegada de William, parecía haber envejecido. Observó al joven que antes de irse a la guerra africana podría decirse que era altivo, incluso altanero, pero ahora se mostraba sumiso y dispuesto a plegarse a los deseos de su padre. Y eso le sacaba de quicio. Prefería el joven impetuoso que le recordaba a él mismo antes que este nuevo William, callado y triste. Pero ese día algo parecía haber cambiado en el joven.

-Debo insistir, William, ¿Qué os ha ocurrido?
-Me he encontrado con alguien, padre. No es nada.
-¿Quién es ella? –preguntó el viejo lord con un tono de picardía en la voz.
-Qué más da, padre. No deseo volver a verla. Mi corazón no está dispuesto a amar a nadie más que…
-Ella está muerta, Willy –dijo el padre acercándose para atusar cariñosamente el pelo de su hijo- no puedes hacer nada para recuperarla.
-Tal vez si me hubiera quedado….
-Tampoco podrías haber hecho nada, la muerte llegó por sorpresa. Nadie lo esperaba y nadie pudo hacer nada. Trajimos a los mejores médicos, pero ninguno pudoevitarlo. Estaba muriéndose de…

Guardó silencio. ¿Cómo decirle a su hijo que la joven a la que amaba había muerto de pena al llegar noticias de su fallecimiento? Se había prometido nunca revelar aquel secreto y todos habían aceptado la promesa de lord Walter sin rechistar. En la casa no había nadue que no desease ver al joven William nuevamente feliz y, sobre todos los demás, su padre. Dejó que su hijo se retirase a sus habitaciones y mando llamar a Amunake, el esclavo negro al que había encargado la vigilancia de cada paso de su hijo, por miedo a que la debilidad causase algún problema a su hijo.

-¿Quién es ella, Amunake?
-La hija del pastor, sire. Debe ser ella. La encontró en los prados y ¡oh, señor! la joven está muy hermosa. Ya no es la niña traviesa, sire, es toda una mujer. Y cuando la ha visto allí, el joven William se ha detenido y no ha pestañeado siquiera. Dirá lo que quiera, sire, pero estoy seguro que la hija del pastor se ha clavado en su alma.

Sir Walter se dejó caer en el sillón. Sabía del odio, casi irracional, que su conversión al catolicismo había producido en su antiguo amigo. Durante veinticinco años había sido hostigado en cada uno de sus sermones. Lo sabía, Mathilde, su esposa, había continuado yendo a la iglesia de Crouch hasta su muerte y el reverendo North le había atendido en sus últimas horas. Ese día fue el último que se vieron y cuando sir Walter juro no volver a dirigirle la palabra.

“Tu eres el culpable de la muerte de Mathilde. Era una buena mujer pero tu acción la amargó. Abandonaste al Dios Verdadero y Él te condena a sufrir”

Aquella amarga despedida todavía atormentaba sus sueños y ahora… ahora su hijo podía encontrar la salvación en la hija del reverendo.

lunes 30 de agosto de 2010

Mundos

A veces creo que el mundo es un lugar lleno de buenas personas. Entonces miro a mí alrededor, observo cómo se mueven ciertos elementos y compruebo que estoy equivocado. Cuando alguien te da las gracias por haberle ayudado sin esfuerzo, es que la humanidad va mal. Cuando la competitividad llega al extremo de negar tu mano al que te la tiende, aunque nada tenga que ver su camino con el tuyo, es que el mundo va mal. Si todos intentáramos ayudarnos un poco, si buscáramos las buenas palabras, los gestos amables, la sonrisa franca, todos ganaríamos. Al menos en calidad de vida. Pero este mundo se ha llenado de envidias. Envidias que nacen del miedo. El miedo a que el otro sea mejor y pueda superarte. Miedo a que el otro pueda tener mejor padrino y pueda pasar por encima de ti.

Pero esos miedos, esas envidias, no son más que muestras de un complejo de inferioridad que nos hunde en la miseria. El complejo de quién se cree peor y no ve que el esfuerzo, el trabajo, es lo que realmente nos hace mejores. Yo no creo en la suerte. Sí en las circunstancias, pero no en la suerte. La suerte se labra, se trabaja. Se siembre y se recoge. Igual que no creo en la envidia insana, pero si en la sana. En la que te hace fijarte en otro para superarlo, para ser mejor. Pero no mediante el ataque sino a través del trabajo.

Pero aún así, quiero seguir creyendo que el mundo es un lugar lleno de buenas personas.